De Donde Se Deduce que Otros Seres Igualmente Sucedeicos
Luisa Valenzuela


LOS LOBOS


     Para cazar salen siempre en manada y la luna llena consiente en seguirlos señalándoles las huellas de una buena presa. Cuando nieva, cuando hace frío mejor, se sientan en la soledad sin rejas frente a los comederos macrobióticos de donde sale el buen olor a aceite de sésamo y a pan integral que alimenta a sus víctimas. Ellos las quieren así envueltas en pieles y sin un gramo de impureza ni siquiera debajo de las uñas. Las quieren y las desquieren, claro está, por eso las destrozan con sus besos y después les hacen hijos que serán lobizones rubios como el aceite de sésamo y el trigo integral de los rituales gástricos.
     Ellas tienen un hijo y otro y otro hasta dar con el bueno, con aquél que sabrá arrancarles las tripas, dejarlas vacías y detener por fin el montaje en cadena, la producción incesante de los hombres lobos tan feroces y fértiles.
     Para cazar necesitan unirse a la manada, apoyarse los unos en los otro —pero uno entre todo— al ir a la conquista de esas hembras que son la tierra misma con pozos de petróleo y minas insondables y determinadas riquezas que el hombre de la calle ni siquiera sospecha.
     Y ellas se dejan hacer un poco gemibundas, se dejan carcomer hasta las heces creyendo que es amor, ayuda de potencias extranjeras.
     Ellos hurgan con gusto sus hondos socavones y extraen los aceites pesados de sus pechos y después se van como lobos sin hambre, ensombrecidos, y las dejan tiradas a merced de gusanos que son sus habitantes —la población estable de los meses de invierno, el blanco de la nieve metido corrosivo en sus entrañas. Con copos de gusanos y dos ojitos negros para ver lo que pasa, por adentro—.
     Es el hexagrama 50 del I’ching, pudriente vasija mejoradora de tierras al llegar el verano en California cuando despiertan los negros. Los negros sí que ignoran los gusanos, sólo llevan adentro una vida larvada que les acaricia el anverso de los flancos y los mantiene dóciles. A veces la caricia se vuelve en puñetazo y los negros pegan el salto con un grito olvidando los sabios preceptos de la paz. No sé cómo tratarlos, qué difícil mirada se merecen. Sé salir a su encuentro sin embargo, palparles las manazas con que pegan y encauzar bien sus odios así no se dispersan.
     En un tren sin ventanas viajamos por el vasto continente absorbiendo los odios. Es bueno sentir que todavía hay pasiones vibrantes como en los viejos tiempos. Viajamos en el tren durante el día y de noche salimos a cargar las calderas con el odio de las gentes que se ha ido pegando a nuestros lados. Es un buen combustible la sevicia, llevamos buena marcha y muy pocos obstáculos nos frenan — algún niñito hambriento, un perro que gime sin saber por qué le arrancaron los ojos —.
     Adentro el tren es negro para confundir los techos con los pisos y luces también negras arrancan destellos de los pocos colores que llevamos. Cada uno de nosotros con la cara pintada: naranja y verde, blanco que es violeta, o amarillo. Nos llamamos por el nombre de esos mismos colores. Violeta, le digo yo al blanco sabiendo que blanco es palabra que no debe pronunciarse. Violeta ¿falta mucho para llegar?
     En el tren es él quien manda: empuña el látigo y contesta: Falte o no falte eso no te interesa, llevamos nuestro rumbo, cumplimos el designio de ir a todas partes.
     Nuestro tren corre por vías que desaparecen a nuestro paso. Nuestras ruedas trituran, están hechas de un metal que a la fricción se enfría. Somos ciegos dentro de este tren, somos helados. Desconocemos el número de pasajeros. Sospecho que cada vez suben más, abajo quedan muy pocos ya que nos soportan. A veces hay algún contacto entre nosotros: una mano de hielo me roza las mejillas, un dedo inquisidor me investiga por dentro. Yo quisiera revolcarme y mecerme al compás de nuestra marcha pero nada de eso nos está permitido. Pierdo toda autoridad en este tren del odio y no me desagrada: a veces resulta necesario dejarse llevar por la corriente, navegar por los mares dulces de lo involuntario. Quisiera ser esclavo algunas veces y no tener que tomar las decisiones. Por eso en este tren oscuro galopo hacia la noche, hacia el lugar preciso donde cazan los lobos y me esperan ardientes.


* * *

EL MASCARABLE

     La onda expansiva alcanza mi territorio protegido por una venda de gemidos. Las quejas hacen mella en mi sangre y me pongo algodón en los oídos para no correr en ayuda de los desamparados. Nunca es fácil colarse por la dulce indiferencia de las horas, siempre alguna obligación sale a nuestro encuentro, algún remordimiento.
     Mientras todos están ansiosos por sus vidas él sabe que la muerte nada arregla, lo crucial es estar disponible y abrir siempre la lucha. Va por la calle cuando necesita espacio, cuando necesita tiempo se traga los relojes; no tiene ni una angustia metafísica y es feliz a su modo.
     Tiene dos ojitos vivos de perdiz, las puntiagudas orejas de un cachorro, dientes de jabalí… todo bien guardado en sus frasquitos dentro de la congeladora. El olor a formol le recorre las venas y presta científica atención a los más arcaicos métodos de embalsamiento.
     Para hacerse una máscara no ha tomado ni un solo rasgo humano. Ni los ojos acuosos de la rubia miope ni la lengua de Abel, látigo restellante. Y eso que los quería: hubiese podido identificarse a fondo con los ojos de ella y la lengua de Abel.

Ésta es una historia sencillita,
de celos, casi sin perversiones

     En el diario decía: Pareja joven y agradable busca muchacho de buena p / formar terceto. Él se miró al espejo antes que nada, calculó sus proporciones áureas, recortó su barba: sabía que no era cuestrión de engañar a los otros. Por fin se sintió seguro de su buena presencia y mandó la carta. Como ya dijimos, no tenía problemas metafísicos. Ni morales ni de ninguna otra índole una vez superados los estéticos.
     Fue esa noche cuando inició su cambio y en esta noche habrá de completarlo.
     En nada piensa mientras se convierte en máscara aunque sí lucubró las más audaces teorías antes de conocerlos a ella y a Abel tirados en la cama sobre la piel de nylon. Una cama chispeante, una cama con vida que reaccionaba a estímulos. Él por fin se enamoró de la cama, ni de la rubia ni de Abel como habría sido lo sencillo, sino de esa cama redonda y mullida como una gallina.
     No fue fácil para un hombre como él confesarse su amor por una cama. Eso sí, importante es tener en cuenta su carencia de principios, la ausencia total de valores morales.
     Primero creyó entender que la cama respondía a sus avances. Y simulaba estar trabado con algún botón rebelde para escuchar si ella gemía bajo el peso de la rubia o de Abel como lo haría después, cuando él la penetrara. Más tarde trató por todos los medios de alejarlos a ellos de la cama para escuchar los gruñidos dedicados a él solo. Las chispas eran lo que más le fascinaba y corría a apagar la luz a pesar de lo mucho que le gustaba ver a la rubia de frente, a Abel de espaldas. Y ellos que eran tan cariñosos con él y él tan sólo deslizaba sus besos hasta dar con la cama.
     Es por eso que ahora lo encontramos entregado a contriciones, apelando a miserables subterfugios para dejar de ser hombre y convertirse en un ente respetado por la sorda dignidad de una cama amada. Y haciendo lo posible para sofocar sus iras: la cama, blanca siempre y con tensa piel de nylon, había aprendido a crujir más solemnemente bajo el peso de Abel que bajo el peso de él. Y la rubia le arrancaba remotas vibraciones del elástico que parecían venir de sus entrañas. Así Abel y la rubia —que tan sólo buscaban horadarse mutuamente— fueron poco a poco adquiriendo el rugoso color del enemigo.
     El asesinato lleva en sí su propio detrimento: asfixió a la rubia con el miembro de Abel, a Abel le retorció el cogote para ahogar sus chillidos y por fin salió en el mayor anonimato como había llegado, sin despertar sospechas —luego de quemar la carta— ya que un hombre tan probo como él jamás contestaria al llamado de un diario subterráneo.


     Y en el silencio sin reproches de su casa se entrega a decocciones espantosas para cementar su máscara y poder así volver desintegrado a liberarla a ella del peso de los otros dos sumergidos en la muerte.
     Es eso lo terrible, lo aturdiente: el arrepentimiento ya viene sin preaviso. Él sólo quisiera oír el canto de la cama cuando trina de gozo y sabe que por un error de táctica la ha dejado aplastada, agobiada bajo el peso de dos seres que perdieron liviandad al perder vida.
     Tendrá que aprender levitación para salvar a su cama. Tendrá que convertirse en bicho diminuto lascivo para quedarse sobre ella, perderse para siempre en el pliegue visceral de su acolchado o en el íntimo plumón de sus almohadas.


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1970 — Iowa City, NY, Mex. D.F., Buenos Aires — 1971
1998 — Auckland — 1999

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© Luisa Valenzuela



 

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